Tres lecciones de Odebrecht

Por: Luis Rosario

Decía el orador latino Cicerón que la historia es maestra de la vida (“Historia Magistra Vitae”). El inconsciente colectivo vive de lo emocional, en una forma primaria; pero es de gente sabia salirse del montón e ir asimilando las enseñanzas que nos brindan los acontecimientos del pasado y del presente.

En la experiencia que está viviendo el país en torno al remolino creado con el caso Odebrecht, podemos sacar al menos tres lecciones: 1. La primera enseñanza que podemos aprender es la de actuar honestamente en la vida. El dinero y el poder no tienen la última palabra. Es necesario anteponer los valores y nuestra propia dignidad, y no colocar en primer plano las ventajas económicas que nos puede dar el puesto público o privado que ocupamos.

Para eso hay que educarse y ejercitarse desde la familia. Don Bosco decía que la educación debía tener como meta lograr que los jóvenes se conviertan en buenos cristianos y honrados ciudadanos.

2. La segunda lección es que en la vida hay que ser justos. Es necesario aprender a aplicar las leyes sin contemplaciones, pero en una forma justa, donde no se incrimine a inocentes ni se exonere a culpables, evitando la acepción de personas.

Es importante no enlodar el nombre de personas que han ocupado u ocupan responsabilidades públicas y a las que no se les ha demostrado haber cometido algún acto criminal. Eso es muy importante para que no se vaya a satanizar a las personas que ocupan cargos públicos.

Entre quienes ejercen funciones en el tren estatal, hay gente bien intencionada; también hay muchos que consideran que los cargos son para enriquecerse a costillas del erario público. Hay personas que no están capacitadas éticamente para servir al Estado, porque van a sus funciones con otras intenciones que no son las de trabajar honradamente por el país.

La tercera lección es que debemos aprender a convivir en forma humana, fraterna y civilizada.

Los fracasos y errores de unos, nos afectan a todos y nos deben doler por igual, aunque no seamos de las familias de sangre de quienes han incurrido en actos reñidos con la ley y con la ética.

Esta cercanía de unos con los otros y la convicción de que somos una misma familia humana, debe generar compasión, perdón y misericordia; no sentimientos de odio, venganza y repudio de las personas que hayan caído en situaciones de conflicto público por sus actuaciones deshonestas.

Usar la crueldad, verbal o física, contra quienes delinquen nos hace también a nosotros delincuentes.

Debemos estar conscientes de que cualquiera puede caer. Recordemos las palabras de Jesús: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.”

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